Práctica adulta – 9. Que no te importe si muero.

La vida que encontré en Antaiji era bastante diferente de la “práctica Zen” que yo me había imaginado. ¡Tú creas Antaiji!”. Me gustaría reflexionar un poco más sobre aquellas primeras impresiones que recibí de Antaiji.

El mes pasado escribí sobre mi sorpresa al encontrar los monjes durmiendo durante Zazen, también sobre lo duro que era el trabajo, y sobre aquella nueva actitud hacia la práctica que yo nunca había pensado antes: “¡Tú creas Antaiji!”. Me gustaría reflexionar todavía un paco más sobre aquellas primeras impresiones que recibí de Antaiji.

El trabajo en Antaiji se dice que es físicamente muy duro, y efectivamente pude comprobarlo. No porque el trabajo sea parte de la práctica y tenga que ser lo más duro posible para llevarnos a nuestros límites, no; se hace solamente lo necesario para sustentar nuestra vida allí y resulta que eso es bastante más de lo que yo imaginaba cuando escuchaba que Antaiji era “auto suficiente”. Especialmente durante el otoño en el que yo llegué, debido al tifón que arrasó los arrozales, la carretera y que arrancó cientos de árboles. A los 22 años yo nunca había levantado nada más pesado que un volumen del Shobogenzo y tampoco sabía distinguir una mala hierba de una planta del huerto. Tres días cargando piedras y talando árboles bajo la lluvia de aquel otoño fueron suficientes para llevarme a mis límites. Un monje me preguntó durante un descanso: “¿Todos los “practicantes de Zen” alemanes sois así de vagos?”

La verdad es que yo no pensaba que fuese tan vago. Estaba dando lo mejor de mí mismo, pero no era mucho – ¡ni siquiera era suficiente! En el colegio siempre había sido uno de los mejores – ahora era solo un lastre para los demás. Aquello fue una experiencia difícil para mí, pero seguro que fue mucho peor para los demás monjes que tuvieron que cargar conmigo.

No solo me sorprendía la cantidad de trabajo que había que hacer, también me llamaba la atención la falta de eficacia con la que se hacía. Pero por supuesto nadie espera de un estudiante que acaba de llegar, y que es un lastre para los demás, que se ponga a comentar cómo el trabajo podría hacerse mejor. Mi maestro, Miyaura Shinyu Roshi también participaba en la mayor parte del trabajo que se hacía, pero intentaba, incluso con los monjes menos experimentados, darles la oportunidad de desarrollar su creatividad y su responsabilidad y nunca hacía el papel de líder ni siquiera cuando era obvio que se estaba malgastando tiempo y energía en un trabajo innecesario. En el Zen es bastante común decir cosas como: “¡Mueve tu cuerpo, no tu cerebro!”, lo que tenía como resultado el mantenernos ocupados durante días haciendo trabajos que podrían hacerse en sólo unas horas. En aquellos casos no me resultaba nada fácil simplemente seguir a los demás y estar callado, como se esperaba de mí. ¡Lo que hacíamos parecía tan absurdo!

Pensándolo ahora, está claro que la cosa más “ineficaz” que se puede hacer es precisamente zazen. Yo había venido a practicar zazen, así que, ¿cómo podía quejarme de que el trabajo llevase más tiempo de lo necesario, a veces precisamente por culpa de no poder ni cargar con mi propio peso? Si quieres practicar zazen, tienes que estar dispuesto a malgastar tu cuerpo y tu cerebro “para nada”. En este sentido, el trabajo ineficaz que hacíamos en Antaiji era una buena práctica, “buena para nada”.

Trillar el arroz me causó una alergia que me tuvo tosiendo hasta el invierno. Tosía durante el trabajo, durante zazen e incluso por la noche. Esto también me resultaba difícil, pero era peor todavía para los demás monjes a los que seguramente no les habría importando verme marchar. Mi cabeza no estaba nada de acuerdo con lo que hacía, el cuerpo me dolía y mis pulmones casi no podían respirar, ¿por qué no me iba? El único momento en el que me sentía yo mismo era durante zazen, pero existen otros sitios donde se puede practicar zazen y para un estudiante de 22 años se supone que hay sitios más divertidos que estar cargando piedras y árboles bajo la lluvia. Creo que la razón por la que me quedaba era porque tenía una visión bastante negativa de la vida. “No me importa si muero aquí”, pensaba. Un día, uno de los monjes me dijo: “No tienes emociones”. En aquel momento no entendía a qué se refería, pero seguramente era que percibía el desinterés por la vida que yo tenía.

La gente a veces dice que el Budismo tiene una perspectiva negativa de la vida porque enfatiza que la vida es sufrimiento. Yo no lo creo. Por el contrario, pienso que pude descubrir el interés por la vida gracias a esta primera experiencia en Antaiji, que además me sirvió después para descubrir la satisfacción de estar simplemente vivo ahora, justo en este momento. Pero a los 22 años eso no parecía posible. La vida era un lastre, cada día eran solo 24 horas más de aburrimiento. ¿Cómo podía escapar de aquella prisión? Si no hubiese tenido aquella idea de que si no podía aguantar la vida dura de Antaiji “podía igualmente morir”, seguro que habría vuelto en seguida a la Universidad de Kioto. Pero ideas como “disfrutar de la vida” o “cuidar de nuestro cuerpo y mente y vivir una vida sana” eran completamente extrañas para mí. Si el Zen no funcionaba, por lo menos que me matase… Era un chico bastante depresivo en aquella época y por eso todavía agradezco a aquellos monjes que compartieron su vida conmigo.

Era gracioso que los monjes tuviesen Zazen como el “rato para dormir”, cuando para mí era el único momento en que podía ser yo mismo. El mes pasado ya escribí que una de las razones de esto era la cantidad de trabajo y la total entrega con la que lo hacían. Pero esta no era la única razón. La otra, casi más importante, era la falta de interés por zazen. Cuando los novatos escuchan que “zazen es bueno para nada”, se sorprenderán al principio, pero suena también interesante de alguna manera. Si practicas este “zazen que es bueno para nada” cada mañana y cada noche, con dos sesshin cada mes durante unos 5 ó 6 años, tu perspectiva cambia: “¿Qué hago aquí? Dicen que es bueno para nada – ¡me preocupa que de verdad sea así!”

La práctica del adulto empieza justo en este punto. Desafortunadamente, muy pocos practicantes se dan cuenta de esto. La mayoría esperan que “el enseñante” o algún otro con experiencia les ayuden. Y si no consiguen esta ayuda, o si es de otra manera a la que habían imaginado, pierden su motivación inicial por zazen. Mientras tengamos la esperanza de que “llegaremos a algún sitio” con la práctica, estaremos dando lo mejor de nosotros, pero cuando nos damos cuenta de que esta práctica no lleva a ningún lado, que literalmente es buena para nada, iremos a la sala de zazen solo porque tenemos que ir, ¡y nos quedaremos dormidos!

Lo peor de dormirse durante zazen es que una vez que adquirimos ese hábito, nos damos ni cuenta de que nos dormimos. Ni siquiera si el enseñante intenta despertarnos gritando: “¡No te duermas!”. Pensaremos “¿A quién le habla? ¿A mí? No, si yo no me estoy durmiendo… estoy practicando zazen como los demás… ¿No es esto de lo que va este “zazen que es bueno para nada?”.

Una vez que caemos tan hondo seremos incapaces de cuidar nuestra práctica como adultos. Y cuando el enseñante intente ayudarnos ni siquiera seremos capaces de escucharle. Estaremos perdidos.

Muho Nölke
http://antaiji.dogen-zen.de/esp/abbotmuho.shtml
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Traducido y publicado con la autorización del autor
Traducción: Susana Dauden

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