Práctica adulta – 8, ¡Tú creas Antaiji!

Todavía Recuerdo mi primera noche en Antaiji: aunque el templo está situado en un lugar remoto en las montañas, se escuchaba música todo el tiempo desde el otro lado del valle. Ni siquiera en la ciudad hay tanto ruido. Me acuerdo de que durante esa noche escuchaba cantos de góspel, voces gritando “¡aleluya!”. “Quizás haya una ermita en la cima de la montaña”, pensaba. Todo aquel ruido durante la noche parecía ser la razón por la que al día siguiente todo el mundo se dormía durante las horas de zazen. Igual no todo el mundo dormía durante todo el tiempo, pero por lo menos tres o cuatro de los cinco monjes japoneses que había siempre estaban durmiendo. Esto me decepcionó bastante. Después de venir desde Alemania para experimentar el “Zen de verdad”, ¿cómo puede ser que estén durmiendo durante zazen? En Europa, suele haber unas 200 ó 300 personas en cada sesshin, pero es raro ver a alguien durmiéndose. ¿Habría sido un error venir hasta Antaiji? Igual me podía haber quedado en algún dojo de Alemania.

Pensando esto, había olvidado la enseñanza que había recibido la tarde anterior del que sería mi maestro, el abad Miyaura Shinyu Roshi, y la que ha resultado ser una de las más importantes enseñanzas que me daría durante su vida: “¡Tu creas Antaiji! No es que Antaiji ya existiese y tú llegas y te unas. Antaiji no es más ni menos que el lugar que tú haces”. Supongo que es esto lo que diría a todo el que llegase a Antaiji. Tú creas Antaiji. Y yo ya me estaba quejando de lo que había encontrado. Pero lo que me encontré fue el Antaiji que yo había creado – o la otra cara de todas aquellas ideas utópicas que me había montado en la cabeza: un maestro increíblemente iluminado y unos monjes expertos que me ayudarían con mi práctica y resolverían por mí todos los problemas de la vida. Me llevó bastante tiempo darme cuenta de que soy yo quien crea todos esos problemas, el que crea Antaiji cuando es bueno y también cuando es malo, quien crea todo el amor y el odio, toda la guerra y la paz en el mundo. La cuestión no era cómo el de al lado podía dormirse durante zazen, sino cómo es que yo estaba pendiente de él. ¿No era la hora de estar pendiente de mi propia práctica?

Después de la sesshin supe el por qué había aquel ruido durante la noche (por el día era increíblemente tranquilo): el arroz se acababa de cosechar y se estaba secando en un lado del campo de baseball que habían hecho los monjes cuando eran todavía suficientes para poder jugar. Unos jabalís venían todas las noches para comérselo, así que pusieron una radio a todo volumen para ahuyentarlos. La radio no les ahuyentaba mucho, pero servía para mantenernos a nosotros despiertos.

También me di cuenta de que había más razones por las que los monjes estaban tan cansados durante zazen. Las dos sesshin de cada mes consisten en 3 y 5 días de zazen, empezando a las cuatro de la mañana hasta las nueve de la noche, sin ninguna interrupción más que para comer. Yo pensaba que obviamente estas dos sesshin son sobre lo que se centraba toda la práctica en Antaiji. ¿Qué podía ser más duro que aquellas dos maratones de sesshin? Lo aprendí justo cuando acabó la sesshin: después de pasar un tifón que arrasó la carretera, la tormenta siguió durante cuatro semanas durante aquel año. No solo se llevó la carretera, si no también arrasó el arrozal, arrancó cientos de árboles y llenó el depósito de agua para beber de barro, rocas y árboles. El agua del grifo en Kioto no sabe nada bien – como en casi todas las ciudades de Japón. Por eso me sorprendió bastante cuando llegué a Antaiji que el agua estuviese tan buena y que hubiese tanta, aunque era marrón. Cuando vi el depósito después de la sesshin, supe la causa: lo que pensaba que era agua, era en realidad el barro que había caído al depósito. Nuestra tarea durante los próximos tres días era limpiar todo aquello. Los monjes estaban encantados de tener por fin de nuevo agua limpia en el grifo, y aunque todavía seguía lloviendo bastante el samu seguía a buen ritmo hasta bien entrada la noche. La sesshin había sido horrible para las rodillas pero esto era un infierno. Después de tres días de samu tuvimos un “día libre”. Pensaba que les llamaban “días libres” porque no había zazen. En lugar de zazen tuvimos que bajar andando cuatro kilómetros por lo que había sido la carretera, ir en bici hasta Hamasaka, a quince kilómetros, a recoger el correo, comprar salsa de soja y aceite para la cocina, y gasolina para el camión, el tractor y las sierras mecánicas. Todo esto había que llevarlo en latas de veinte litros a la espalda, dos latas cada uno. Después del “día libre”, continuó el samu: había que cortar y transportar árboles caídos hasta la leñera, donde se cortaban en trozos pequeños para hacer el fuego de la cocina o calentar el baño. Había que reconstruir un camino para bajar de la montaña. Trillar el arroz. El trabajo en el huerto era considerado un pasatiempo. Incluso en los días de lluvia nunca se hacía trabajo dentro. Así que las sesshin se volvieron nuestras únicas vacaciones.

Muh? Nölke
http://antaiji.dogen-zen.de/esp/abbotmuho.shtml

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Traducido y publicado con la autorización del autor
Traducción: Susana Dauden

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