Extracto del libro Facetas de la unidad.

Hace ya un par de años (cómo pasa el tiempo) publiqué en este espacio un extracto de Facetas de la unidad, el cual se ha convertido en mi libro de cabecera para momentos de recogimiento. Comparto en está ocasión un fragmento que me ha ayudado a comprender en mayor profundidad cómo nuestra percepción es la que genera dolor y sufrimiento continuamente. Aceptar que todo está bien tal cual es y que lo que está mal es nuestra manera de percibir el mundo que nos rodea es de lo más difícil  que me he encontrado en los años de práctica. El presente texto sin lugar a dudas me ha ayudado a clarificar este punto y de paso otros asociados a él. Espero que os guste.
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No somos algo separado del mundo -la sensación de separación constituye únicamente un constructo mental- y por lo tanto es imposible reconocer nuestra naturaleza fundamental sin ver la de los demás. Cuando atravesamos dicha dicotomía, cuando percibimos más allá de nuestra representación del mundo, comprobamos que el mundo físico posee una realidad semejante a nuestra naturaleza esencial en el sentido de su presencia y consciencia, y percibimos este mundo como perfecto y bueno. Vemos, dicho de otro modo, que el mundo físico está constituido de consciencia y presencia amorosa, y dicho reconocimiento forma la base de la sensación de confianza básica.

Existen muchos sabores en esta percepción. Lo podemos experimentar como el cielo y la tierra convirtiéndose en uno, hacer descender el reino de los cielos a la tierra, contemplar el mundo como una manifestación del amor de Dios, el mundo como manifestación de Dios mismo, o el mundo como existencia verdadera. Lo que es común a todas estas variedades de la experiencia es ver que el mundo, la gente, la realidad física, los actos y los fenómenos son todo ello manifestaciones de una naturaleza amorosa. Se trata de la percepción de que la naturaleza intrínseca de todas las cosas es una cualidad amorosa y consciente, ya hablemos de objetos físicos, seres humanos, actos de seres humanos, o fenómenos físicos. Todos se contemplan como manifestaciones de esta amorosa presencia consciente.

Si realmente lo vemos, ya estamos en el cielo. Miremos donde miremos, existe armonía, belleza y amor. Independientemente de que algo parezca feo, su intrínseca cualidad amorosa trasciende toda apariencia.
Se trata de la experiencia mística más fundamental. En contraste con otras experiencias espirituales, tales como la experiencia interna de la Esencia o la sensación de la gracia descendiendo hacia nosotros, la experiencia mística constituye el reconocimiento y experiencia de que todo, sin excluir nada, es una presencia amorosa consciente. Esta consciencia puede experimentarse en diferentes niveles y dimensiones en forma de otras cualidades esenciales, pero su característica básica es la viveza, la realidad, la verdad y la profundidad.

Cuando tenemos esta experiencia mística de ver la naturaleza amorosa del universo, vemos que lo que aportaría paz al mundo no es la política. Vemos que no hay modo de aportar auténtica armonía al mundo excepto viendo la armonía que ya hay en él. Vemos que la armonía externa debe ser una expresión de la armonía interna; si no es así, nunca se manifestará puesto que nuestra visión del mundo seguirá siendo una proyección de las ilusiones internas de separación y conflicto. Fundamentalmente, todo el mundo tiene esta proyección y se encuentra incómodo con ella, intentando cambiarla o mejorarla, luchando con ella dentro de su mente, haciendo pequeños cambios aquí y allá, pero básicamente sin resolverla. Si reconocemos realmente la naturaleza interior de la realidad -que es amorosa, que es gozosa, que es abundante- viviremos a partir de este reconocimiento y actuaremos de modo que podamos llevar a los demás a dicho reconocimiento.

Esta es la causa de que los maestros espirituales no suelan implicarse en reformas sociales. No están en contra de ellas, pero reconocen que no resolverán los problemas del mundo, puesto que dichos problemas se basan en distorsiones cognitivas. Esta es la causa de que algunos budistas hagan el voto de posponer la iluminación personal hasta que la alcancen todos los seres humanos. Si todos los seres humanos alcanzan la iluminación, ello significará verdadera paz y armonía en todos los lugares de la tierra. Desde el punto de vista de la vía cabalística y sufí, el trabajar con uno mismo no es una cuestión de liberarse de uno mismo, más bien es un asunto de ayudar a Dios a vivir, de ayudar a Dios a manifestarse en el mundo. Otras tradiciones consideran el trabajo con uno mismo como algo que lleva a la disminución del sufrimiento de Dios; puesto que Dios es el mundo, su sufrimiento es Su sufrimiento. Más conscientes somos de que la naturaleza del mundo es armonía y amor, en menor medida se generará sufrimiento general y en mayor medida Dios vivirá conscientemente a través de cada uno. Cuando lo vemos, comprobamos que los enfoques teístas y budistas trabajan en el mismo sentido: ya hablemos de iluminación de todos los seres o de Dios existiendo conscientemente a través de todos los seres sensibles, estamos hablando de todos los ojos del universo contemplando la misma armonía.

A medida que vamos comprendiendo las cuestiones y barreras que hemos descrito como algo que existe dentro de nosotros mismos, y trabajamos con ellas, una a una, éstas van paulatinamente difuminándose. Entonces las imágenes exteriores, las creencias exteriores, la estructura externa, toda la concha exterior del mundo tal como lo experimentamos se disuelve suave y sutilmente en una sustentadora presencia maravillosamente dulce y esponjosa. Más nos sentimos apoyados de esta forma por el universo, más podremos relajarnos interiormente y una parte mayor de nuestra naturaleza fundamental podrá impregnar nuestra experiencia.

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